Límites sin perder la conexión: una práctica de humanidad encarnada

Últimamente se habla mucho de “poner límites”.
Parece que al fin nos hemos dado permiso para decir que no, para dejar de complacer, para salir de relaciones que ya no nos nutren.

Y sí. Es urgente. Muchas mujeres hemos pasado una vida cediendo, adaptándonos, estirando nuestros márgenes internos hasta rompernos por dentro.
Hemos dicho que sí cuando todo en nosotras gritaba que no.
Hemos sonreído para no incomodar.
Hemos sostenido vínculos desde el miedo a perderlos, no desde el deseo de habitarlos.

Pero entre tanto discurso de empoderamiento, hay algo que me preocupa.

A veces, el mensaje de “pon límites” se convierte en una nueva armadura.
Una excusa para desconectarnos, desaparecer o cortar sin mirar atrás.
Como si cuidar de una misma fuera incompatible con cuidar al otro.
Como si la libertad solo se lograra rompiendo los vínculos.

Y ahí es donde necesitamos parar… y sentir.

Porque poner un límite no es cerrar la puerta en la cara de alguien.
Es sostener una verdad interna sin perder la presencia.
Es decir “no” sin dejar de mirar.
Es sostenernos sin endurecernos.
Es una forma de seguir en la relación, pero desde un lugar más coherente, más honesto, más encarnado.


Desde el enfoque somático, los límites no son una técnica.
Son una práctica viva, una forma de regularnos internamente para no traicionarnos…
ni dañar al otro.

Y eso empieza por dentro.
No se trata solo de decir lo que no queremos, sino de escuchar qué necesitamos realmente.
Muchas mujeres no solo tienen dificultad para poner límites afuera… también se los saltan a sí mismas todo el tiempo.

– Siguen en trabajos que las drenan porque “es lo que hay”.
– Se obligan a rendir, a cuidar, a estar disponibles… aun cuando su cuerpo pide
descanso.
– Se exigen ser fuertes, funcionales, perfectas… cuando por dentro se sienten
rotas.

Los límites no son solo hacia los demás.
También son con nosotras mismas.
Para dejar de traspasarnos. Para no abandonarnos.

Y aquí aparece otro concepto fundamental: la agresividad saludable.
Esa energía vital que nos permite decir hasta aquí, que nos ayuda a proteger lo que
importa, que nos pone en marcha hacia lo que anhelamos.
No es violencia.
No es desconexión.
Es una forma de sostener la vida con dirección y con dignidad.

Porque la potencia sin conexión se vuelve violencia.
Pero la potencia enraizada, sentida, sostenida…
es una de las formas más hermosas de amor propio.

Al final, no se trata de empoderarnos para cortar todo lo que nos incomoda.
Se trata de habitar nuestras relaciones con más verdad.
Y eso, muchas veces, significa sostener límites.
Pero también sostener la presencia.

Poner un límite no es una forma de alejarnos de la humanidad.
Es una forma de honrarla.


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