Durante años nos han dicho que decidir es una cuestión de cabeza fría. De hacer listas de pros y contras. De analizar hasta agotar.
Pero quienes vivimos con una sensibilidad alta, con un sistema nervioso que ha sostenido más de lo que le tocaba, quienes hemos estado en la sobreexigencia constante… sabemos que la mente no siempre tiene la última palabra.
Y, de hecho, muchas veces, la mente se convierte en la gran saboteadora.
Cuando nos acercamos a decisiones importantes —una relación, un cambio de rumbo, un nuevo proyecto, incluso un «sí» o un «no» a una formación—, lo primero que se activa no es la lógica.
Es el cuerpo.
Y si ese cuerpo está en colapso, en hiperactivación, en congelamiento funcional, no hay claridad posible.
Nos puede parecer que estamos procrastinando, pero en realidad estamos evitando desde el sistema nervioso. Y eso no se soluciona con más voluntad.
Se regula. Se acompaña. Se siente.
El mito de “tomar decisiones importantes en momentos importantes”
Muchas veces me llegan mujeres que dicen:
«Estoy en pleno caos, pero tengo que decidir ya qué hacer con mi relación, mi trabajo, mi vida.»
Y mi respuesta suele ser:
¿Y si ahora no es el momento de decidir, sino de regularte para poder decidir con soberanía?
Porque no es lo mismo decidir desde el miedo, que decidir desde la presencia.
No es lo mismo elegir para aliviar ansiedad, que elegir porque algo resuena con tu futuro.
No es que haya que esperar a estar “bien” para moverse. Pero sí necesitamos mínimo una base de seguridad interna desde la que podamos conectar con lo que verdaderamente queremos.
Microplazos: una herramienta clave para mentes brillantes y sistemas saturados
Si tienes un sistema que tiende a disociarse cuando algo le abruma, probablemente has vivido esto:
sabes que algo es importante, quieres hacerlo, y aun así no puedes.
Una herramienta que uso con frecuencia (y que ha sido clave para mí) es poner una fecha interna antes de la fecha real.
Si algo es para el 30 de diciembre, mi cuerpo trabaja con el 30 de noviembre.
No como presión, sino como una estrategia amable para anticipar el bloqueo y darme
espacio real para moverme desde la regulación, no desde el pánico de última hora.

¿Cómo saber si estoy bloqueada o si simplemente necesito sentir?
Una pista: si estás en análisis infinito, si no paras de darle vueltas, si dudas absolutamente de todo…
No es que no sepas. Es que tu sistema está pidiendo pausa, no más pensamiento.
En esos momentos, lo más potente no es hacer más preguntas, sino volver al cuerpo:
– Respirar profundo y exhalar lento
– Hacer un pequeño sonido con la garganta (como un “voo”)
– Tocar tu pecho, abrazarte
– Orientarte: mirar a tu alrededor con calma
– Imaginar cada decisión y observar cómo reacciona tu cuerpo
El cuerpo sí sabe.
Lo que ocurre es que muchas veces estamos demasiado en la mente, vamos con demasiada prisa y demasiada exigencia, como para escucharlo.
No estás sola (ni tienes que resolverlo sola)
Una de las mayores transformaciones que veo en mis espacios es cuando las mujeres se dan permiso de no sostenerlo todo solas.
Y no desde la dependencia, sino desde la conciencia de que la regulación también se construye en relación.
Por eso insisto tanto en comunidad, en procesos acompañados, en espacios donde no se te exige, pero sí se te abraza en tu ritmo, tu forma, tu historia.
Porque no es solo lo que decides.
Es desde dónde lo decides.
Y si eso nace de un cuerpo cuidado, acompañado, validado… entonces no hay forma incorrecta.
¿Estás en un momento decisivo y no sabes cómo avanzar?
Quizá no necesitas más respuestas.
Solo un lugar seguro desde donde volver a ti.